Como el Estado nos quería brutos, en los pueblos solo había escuela hasta quinto de primaria, por esa razón a mis 13 años me encontraba dentro de un barco de la segunda guerra mundial adaptado para navegar por el mar y río Atrato, salía de Cartagena hasta Quibdó.
Allí acomodados con mi mamá, y mi hermana Celina, viajamos tres días corriente arriba hasta la capital Chocoana. El buque que también era de carga llamado “Don Rafa, jamás se me olvidará el nombre, Transportaba queso costeño en sus bodegas.
En la tarde arribé donde mis ancestros, nunca había salido de mi Turbo amado, y me encontré con otro mundo alegre, decente, buenos anfitriones, y de una manera muy educada de hablar en otra jeringonza que no entendía y nunca comprendí.
En tres días se hicieron las vueltas para mi matrícula en la anexa de la normal de varones. “Cuqui” que ya estudiaba allá se internó en su colegio, mi mamá se vino y solo me quedé al cuidado de la señora: Carlota Perea de Murillo, esposa del amigo de la casa y gran señor don Neptalí, padre de mi gran amigo Neptalí; turbeño de pura cepa.
Recibí un trato especial de Jorge, pero sus hermanas Enith y Elisabeth nunca me hablaron, al igual que la hija de la trabajadora doméstica. mi consuelo era el negro quien tenía mí misma edad y hacia los mandados; y la hermosa Beatriz, también contemporánea y en las noches, haciendo tareas nos cuadramos, nos dábamos besos furtivos lejos del mundanal ruido de su señora madre y de su tutora doña Melania con quién vivía; solo los separaba un patio familiar.
Ella la hermosa Beatriz fue mi primera novia Chocoana, consuelo de mi desarraigo, pues extrañaba las calles de mi Cacó. ella me hablaba sabroso en su Parla y yo le hablaba rico según ella en mi golpeao turbeño. Ella hablaba como los quibdoseños, con esa campanita en la garganta y ese dejo culto y cordial y nos reíamos de las diferencias. Ella decía mate y yo decía totuma.
El primer día de clases fue un martirio hasta deportivo, la Anexa quedaba como del casco urbano de Turbo, hasta El Uno, con una ligera subida por la loma la Cascorva y en una explanada con avenida sembrada de mil pesos (planta originaria con fruto como un corozo del cual sacan leche), era una serie de edificios casi coloniales de amplios jardines y salones, donde también quedaba la Normal, pues los estudiantes para maestros practicaban con los de primaria.
En un salón de esos caí al mando del profesor Isacio Moreno quien tenía voz de sargento y a quien nunca le fui simpático por «costeño’, así llaman allá a los turbeños con cierto desprecio que se nota a momentos. Me acostumbré e hice amigos, a ellos les parecía simpática mi manera de ser y de decir las cosas.
Segundo martirio, la jornada era mañana y tarde, había que mamarse esa caminata bajo sol y lluvia, llovía bastante y como hombre de costa no me acostumbré al paraguas, boté más de uno. El uniforme era un mameluco como la propaganda de Pintuco y daba un calor del hijueputa.
Tercer martirio, un sobrino del profesor se enamoró de mí y tenía que darme cuezco (así le dicen a los puños) con él, y si no yo era «maluco» (flojo), mira tú, yo que no peleaba ni con mi sombra ya que mi mamá me crió pollerón, pero tuve que fajarme acordándome de mi paisano el «Chucho Ballesteros», sin dejarme echar la popoa le hinché un ojo más de susto que de verraco; y entonces los amigos le gritaban maluco a él, decirme maluco a mí, cuando mi hermosa Beatriz me besaba y me llamaba negrito picante.
Un día me aburrí, guardaba el uniforme bajo unas tablas viejas y como vago conocí a la ciudad desde el aeropuerto el Caraño hasta el otro mundo dentro la ciudad la «Yesquita federal». Desde la licorera hasta el puente «García Gómez «. Desde el bailadero de moda «el Tambodó» donde aprendí a bailar guarachas de la sonora Matancera de Celia Cruz y mambo de Pérez Prado, hasta «Huapango» donde a veces bailaban chirimía.
Una noche de nostalgias y llantos de terruño le pedí el favor al capitán Ferrer de la lancha «García Medina», amigo de estudios de mi mamá que me trajera y el buen hombre comprendió que no estaba en mi mundo y alcahueta me dijo: «salimos a las 7 en punto»:
Agarré dos mudas de ropa, mis cuadernos, unas libretas de Jorge y como buen marinero a la hora exacta partimos, dejando a un pueblo hermoso entre colonia y África, entre lloviznas y calor, entre el rico olor de viandas sabrosas y la espectacular sazón de su exquisita comida, y hay que aceptarlo; de personajes cariñosos, educados y cordiales, con inclinación pegajosa por la música, allá cualquiera te toca un instrumento a perfección.
Se fueron alejando las luces, lloré por la gente que aprendí a apreciar, por mi hermana y por mi bella Beatriz, por la señora Carlota, gran dama. Me quedé dormido en el camarote del capitán y soñé con el Waffe y el Veranillo, la playa y la esquina de Petra Morales en el centro del Cacó. Dios guarde a Quibdó y su bella gente.
Epilogo. La llegada a mi casa fue magistral, me arrodillé en la puerta, lloré, grité madre perdóname, abrí los brazos y Libia con el rejo de vaca entre las manos lo bajó, me paró y lloró conmigo… continuará.
Rocosa: a Turbo hay que quererlo siempre, por encima del bien o el mal, ¿lo amo y tú?
La dejo ahí, Roco.


