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OPINIÓN EDUARDO ZAMBRANO

Abogado, líder político y social

El ambiente es variable, a ratos hace calor, pero en general el espacio es fresco. Estamos en una sala ubicada en el piso 18 del Palacio de Justicia de Medellín. El sitio es amplio, en él compartimos 58 personas todas sentadas, unas más cómodas que otras.

Se ven caras largas, tristes y cansadas. Han sido 36 horas de turbulencia, de uno de esos remolinos que cambian la vida, que te la vuelven un completo despelote. Una persona que tenga 70 años ha vivido 613.200 horas, y aquí sentado en esta sala pienso en que bastan 36 horas, tal vez mucho menos, para mandarte al piso, pero también reflexiono que en algún tiempo no lejano estaremos hablando de este tema como una amarga experiencia ya pasada y superada.

A cinco metros de donde me encuentro se escucha una voz femenina, habla fuerte y con seguridad. Toda la sala pone su atención en el monólogo de quien habla. Escuchamos acerca de materiales incautados, personas capturadas y de una organización ilegal.

Son las 05:49 de la tarde, la voz femenina ya lleva una hora hablándonos. Quien dirige la reunión se abanica con una hoja de papel, es un momento de calor. A mis espaldas se va oscureciendo esta Medellín tan bella, pero hoy tan gris, tan triste. Frente a mí están sentadas doce personas, conocía previamente a tres de ellas, a las otras nueve mejor hubiera sido no conocerlas… no así. En estas 37 horas he podido conocer de cerca a tres personas más; gente humilde, que hoy está llamada a responder por señalamientos que se les hace en un lenguaje que no entienden.

Dos horas después de haber iniciado, la voz se calla. La dama que dirige la reunión debe revisar muchos documentos y hay un receso. Algunos recuperan el aliento, sonríen tímidamente, casi todos hablan con sus familiares que llegaron a acompañarlos y otros aprovechan para hablar por celular.

Yo me tomo un tinto que alguien dejó abandonado, me hacía falta, trato de escribir y se me acerca un muchacho al que se le salen las lágrimas pensando en sus hijos pequeños. “Ellos no se merecen esto”, me dice. Yo lo abrazo tratando de darle consuelo, pero pienso en Emiliano y que algo así me aleje de él y se me humedecen las mejillas de solo pensar en no tener su sonrisa al despertarme, Me contengo para no llorar, el muchacho se quiebra y llora desconsoladamente, le sobran abrazos, hasta un policía lo consuela.

Quisiera decirle a este muchacho que todo va a estar bien, darle la seguridad de que pronto saldrá de esta situación, pero sé que esta batalla no va a ser fácil, le digo que estamos juntos en esto, aun así no logro tranquilizarlo, yo mismo estoy intranquilo, aun así trato de contenerme, pienso en Jairo Banquet y la carta que hace 10 años le escribí a Gyver, su hijo, cuando los alejaron a la fuerza y eso me devuelve la esperanza, me reitero que esto pronto será un recuerdo amargo para ellos.

Para mí, cuando involucran a personas que estimo, no se trata de responsabilidades o no, se trata de lealtad y solidaridad, de amistad.

Yo soy cliente de Consumax y lo seguiré siendo; Consumax sobrevivirá o nacerá de nuevo, porque ESTAMOS CON CONSUMAX.

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