En Colombia, la historia de la joven veterinaria Ángela Mariño se convirtió en una inspiración de compasión, dignidad y solidaridad. Enfrentando un diagnóstico de cáncer terminal, Ángela tomó la decisión de acogerse al procedimiento de eutanasia, con un mensaje muy claro: su despedida debía servir para ayudar a quienes no tienen voz.
Su decisión y el legado que dejó
Ángela documentó públicamente parte de su proceso y reveló que, en lugar de organizar una típica ceremonia con flores, pidió algo distinto: “Que en la reunión cada uno lleve alimento para perro o para gato y lo entregue en una fundación”.
En un video compartido en redes, junto a una amiga, la joven explicó que su intención era resignificar su muerte de una manera que tuviera un impacto positivo: “Quiero que hablen del legado que me gustaría dejar, y es que no sean indiferentes al sufrimiento de los animales”.
Los medios han destacado que Ángela se formaba como veterinaria, lo que explica su sensibilidad hacia los animales.
Sin embargo, no se ha especificado públicamente el municipio exacto de su origen, su edad o todos los detalles del trámite de eutanasia. Lo que sí se conoce es que, ante el cáncer terminal, decidió ejercer su derecho a una muerte digna y que su último acto fue un llamado de amor hacia otros seres vivos.
¿Por qué este caso se difunde con tanta fuerza?
En primer lugar, porque la decisión de Ángela de utilizar su despedida para canalizar ayuda hacia animales vulnerables ha conmovido a miles de personas en redes sociales.
En segundo lugar, el caso vuelve a poner sobre la mesa el debate sobre el acceso a la eutanasia en Colombia, un derecho que la Corte Constitucional de Colombia ha reconocido para personas que enfrentan sufrimiento físico o emocional intenso e intolerable.
Finalmente, el gesto de Ángela trasciende su propia vida y abre reflexión sobre cómo queremos despedirnos, qué legado dejamos y cómo podemos hacer la diferencia incluso en los momentos finales.
A través de su acto, Ángela nos recuerda que la dignidad humana no se pierde con la vida, y que el amor puede convertirse en acción. Su petición —que se lleven alimentos para perros y gatos en lugar de flores— es, en esencia, un llamado a la empatía hacia quienes no tienen voz.


