Por: Rafael Romaña Caicedo-ROCO
Allí donde se ve culebrear por última vez el Riosucio, donde la llanura del valle y la influencia de los vientos marinos despiden con nostalgia y saludan las montañas de la gran serranía, allí donde desde lejos se divisan los cerros del Murrí y del plateado cuna de la fortaleza indígena del cacique Nutibara, cuya leyenda creó la historia de que bellas mujeres semidesnudas adornadas con perlas y oro lo acompañaban, allí entre cañas, guayabas y mandarinas se creó la industria artesanal de la mejor panela del país.
Allí en ese bello cañón de amistad y paz, está la hermosa y callada ciudad de Frontino; la tierra de los Elejaldes, Gavirias, Valeras, Alcaraz, Hernández y Echavarrías; fuimos recibidos los turbeños con cariño y solidaridad
En Frontino, apreciados profesores me hablaron de Rousseau y Montessori, de métodos pedagógicos y recursos didácticos, en la Normal Superior de nuestro padre amigo, consejero y siempre recordado por los turbeños rector Fabio Hurtado Rave, me hice educador.
Allí me di cuenta que estaba para eso que mi vocación de enseñar y guiar para la vida era una virtud en mi irreverente corazón. Allá nació mi pasión por dar a mis paisanos la luz de la libertad que emana de la educación. Lo hice bien y con amor, pues mis alumnos quienes fueron mis amigos del tuteo y el respeto son hombres de bien.
Allí junto a Plutarco, Miguel, Néstor Gómez, Pello Cantillo, José Mosquera, David Cortés a quien le decían Caraballo en honor al mejor boxeador del mundo sin título muy de moda en la época, con Jesús Berrío quien de tanto vender los mejores bollos del pueblo que hacía su abuela Goya Arzuza logró tener una voz de timbre prodigioso.
Allí al lado del mejor repentista del baloncesto y cantante frustrado a lo César Costa, el loco Hernán González, también teníamos la gracia de Franquito, del siempre aislado Roberto Zabala y Edilberto Urango; la tromba humana quien no se crió en el cangrejal, pero se sentía orgulloso de serlo, hijo del maestro de maestro de todos; don Aníbal.
En Frontino viví la rabia más grande de mi vida, porque me pasé toda la adolescencia cuidando mi peinado con la mota de Pelé, y un día antes de los grados un peluquero paisa me la mochó, y me la mostró en el espejo, no joda y tiene el descaro de preguntarme: ¿cómo quedó negro? Lo miré de arriba abajo con ganas de matarlo; iba a tomarme la foto para el mosaico del grado.
En ese bello lugar tuve una bella novia morena clara, de cachetes como flores, labios rosados, de mediana estatura, hablaba con voz baja y pausada; estudiaba en la normal de Manguruma, éramos como “la bella y la bestia», pero fue bonito, lo gozamos. Gracias Fernandina Londoño donde quiera que estés, Dios te bendiga. Allí también Leticia Layos, una hermosa chola le robó el corazón a mi gran amigo Néstor, y Plutarco Pérez, un hombre inteligente y carismático nos integró a una sociedad un poco recatada con el foráneo, sin importar que el cura Zapata dijera que habíamos corrompido las costumbres de su pueblo con nuestro tam-tam africano, por poner a las chicas a bailar con nosotros y a hacer sancochos.
En Frontino fuimos felices, allí me hice maestro para toda la vida, pues, aunque no ejerza, llevo en el alma la impronta de esa sagrada vocación.
Rocosa: que digan lo que quieran de ti, que te señalen una y mil veces, pero jamás pierdas el valor de defender tu humana independencia ante las cosas que no van con tu conciencia; Roco.


