OPINIÓN | RAFAEL ROMAÑA «ROCO»
Independiente de nuestra condición humana, de cómo se conciba la divina, independiente de nuestros amores o desamores, nuestros rencores o pasiones, hay un ser especial que originó con el posible pecado la palabra amor…
Bendito pecado que es la causa de nuestra bendita existencia. Ese ser amado y de necesaria presencia en el diario vivir, es la mujer: Bella, imponente, humilde, comprensiva cariñosa, quien sin importar su raza, credo o propósitos, es y será el sostén de la humanidad.
Fiel compañera, leal escudo y reserva espiritual de nuestras tendencias materiales, muchas veces no santas. Ella sabe y comprende. Ella entiende el idioma nefasto de nuestras inclinaciones y guarda respetuoso silencio, y cuando habla lo hace con una diplomacia tal que nos desnuda el alma y nos hace sentir culpables. Sin embargo, con cariño nos sigue dando compás de espera. Ella sabe cuáles son nuestros puntos cardinales y siempre está dispuesta a guiarnos aunque hayamos perdido el norte.
Hago homenaje a la amiga, novia, esposa, amante, a la profesional, a la hija, ama de casa, a la madre y a la abuela. Lo hago con conocimiento de causa sin vanagloriarme, pues yo pecador he vivido esas etapas llenas de amor, de pasión de felicidad o desenfreno. En cada uno de esos episodios de sin igual compañía he sabido diferenciar el respeto, la lealtad, la fidelidad y el afecto.
Aprecio a mis amigas, amo a mi esposa como mi polo a tierra. Amo a mis hijas como extensión sagrada de mi raza. Amé a mis novias como el primer experimento del cariño, he amado a mis amantes como un instante sentimental de mis desvaríos, siento gran afecto por ellas porque en un momento dado no les importó mi condición prohibida por una sociedad mojigata y se enfrentaron a ella con valor en la defensa de lo que creyeron un gran amor, además de prestarme su digno vientre para procrear. Amo a las mujeres. El solo adjetivo femenino mueve las fibras de la consideración.
Amo a mi madre, como bastión honorable de una familia sagrada, seno imponente de un hogar nativo donde siempre hay luz y alimento, siempre un oportuno beso de cariño sin importar tu condición como persona o como hijo. Amo a mis hermanas, mis cómplices, mis escudos incondicionales. Quién no ama a sus sobrinas, que con su picaresca viven orgullosas de sus tíos.
El último lugar es para mi abuela Victoria Recuero, quien desde el cielo me cuida como me mimaba en vida, era dueña del rincón amado cuando tenía naturales riñas con mis padres, a los que se daba el lujo de regañar y enfrentar en la defensa de su díscolo nieto. Tal vez he sido muy explícito y tal vez muy directo, pero esa ha sido mi vida a través del tiempo en el mundo femenino; decir lo contrario sería cobarde y desleal…
Hoy y siempre estaré enamorado de una mujer y aún a mi edad no me concibo como un ser sin poder hacerlo. A ellas, las rosas que adornan el mundo femenino, les brindo una flor del jardín de mis pasiones y de equivocaciones como un ser que ama y amará hasta la hora de mi partida.
Con mucho respeto… se las dejo ahí… Roco…



